En El idiota se recogen los problemas más palpitantes de una época crucial y determinante en el futuro de todo un pueblo. Una época con un acelerado afán por enriquecerse aprovechando las nuevas oportunidades que había traído la coyuntura económica.
A un mundo de intereses y de codicia, de oscuras y destructivas pasiones, de individualismos y de egoísmo, el príncipe Myshkin no responde con un llamamiento a la acción, su naturaleza reside en el amor, en la humildad, en la mansedumbre y resignación, en la misericordia y compasión. Su inocencia, su fe y su ingenuidad no le impiden, sin embargo, ser una persona perspicaz, capaz de vislumbrar los movimientos más fugaces del alma. Todos estos rasgos le convierten a los ojos del resto de personajes de la novela en un ser extraño, diferente, a menudo ridículo, aquejado, además, de una grave enfermedad nerviosa, por lo que pocos son los personajes en la obra que se resisten ante la tentación de llamarle "idiota".